Vienes aquí y revuelcas estas viejas rosas. Te atreves a
levantar todo y no preguntas nada. Eres capaz de mirarme, y el flujo de mi velo
se escurre entre una silla y un teclado.
Quieres entrar aquí y desacomodarlo todo. Lo había dejado
tirado sobre el musgo.
Zozobra. No quiero intrusos en mi celda. Se cae a pedazos
sobre el cielo que levanté con cemento.
Mi rutina. El odio. Los gritos bajo las cobijas. Entras
aquí, y das un portazo tan fuerte que retumba en la esquina del cerro.
El dolor crece bajo mi esófago. No lo quería. Detesto. Aire
que sube por la tráquea y que atraviesa mi cerebro. Me ensucio las manos con
pintura invisible que recubre las hojas vacías de tus sueños.
Trato de poner una tranca a la puerta. El sudor moja las
manos del onanista. Miedo. Recorrer calles conocidas, que mutan en avenidas
repletas de transeúntes ciegos.
Es como abrazar la oscuridad sin camiseta. Besar el espejo
sin marco que bordea el cemento húmedo.
¿Te atreves a entrar aquí? Las palabras que viajan por
cables mojan la punta de mis pies. Horas de párpados en REM. Casi tocando un
sonido de culpa. El primer indicio de una noche dedicada a tu rostro. Me
escondo bajo la manta seca, que deja
entrever las conexiones neuronales que brincan en un azote de suspiros.
No entres aquí por favor. No quites el seguro de estos
escombros invisibles. Porque si entras y vez el alba de ojos cansados, cuerpo
delgado que aboga por la muerte, no podrás salir. Serás prisionera de un monstruo
extraño.
(2014)

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