Él estaba entre la maleza. Una especie de senderos ocres
corrían alrededor. Recordó tomar el bus hacia ningún lado. Sentado entre sus
sillas de gamuza supo su camino. El letrero de destino se adivinaba confuso. Se
borraban sus letras ¿cómo fue un viaje corto?
Hileras de edificios adornando una ciudad desconocida. Un
nombre vino en busca de su lengua: tomate, 406. Debía ser allí. Elementos entrelazados
de sucesos anteriores y telegramas del subconsciente. Encontró sus escaleras. Subió. Buscaba el
número, el piso. La buscaba a ella.
Caminos entrecruzados, sitios conocidos y a la vez mutantes. En una de
aquellas peripecias la vio, de espaldas. Él corrió a refugiarse de su mirada. En
un rincón seguro fue capaz de quedarse quieto. Lo invadió el dolor del bajo
esófago. Él persiguió aquel rastro entre las paredes, a la vez imbuido en altos
contenidos ocres. Cuando creyó casi rozar su aliento, desistió y se dio a la
fuga.
Ella pronunció. Su nombre. Un instante gigantesco. Él se dio
vuelta por el costado más largo de su cuerpo y quedaron enfrentados a varios
centímetros. Su lengua jugueteó entre la comisura de sus recuerdos. Él escupió
varios sonidos sin sentido. Después de buscar entre los edificios de una ciudad
de barro, atravesando paredes salvajes, estaba ahí, él al borde de la huida y
ella sosteniendo su aliento. Ella también dijo algo que él no entendió. De
repente él se fijo en su rostro. Entre nubes y ondas no reconoció su forma.
Al despertar, sólo era él en aquella cama a varios
kilómetros del sendero que había recorrido mientras sus párpados bailaban una
tonada triste.
(2015)




