Movimiento ocular rápido

Él estaba entre la maleza. Una especie de senderos ocres corrían alrededor. Recordó tomar el bus hacia ningún lado. Sentado entre sus sillas de gamuza supo su camino. El letrero de destino se adivinaba confuso. Se borraban sus letras ¿cómo fue un viaje corto?


Hileras de edificios adornando una ciudad desconocida. Un nombre vino en busca de su lengua: tomate, 406. Debía ser allí. Elementos entrelazados de sucesos anteriores y telegramas del subconsciente. Encontró sus escaleras. Subió. Buscaba el número, el piso. La buscaba a ella.


Caminos entrecruzados,  sitios conocidos y a la vez mutantes. En una de aquellas peripecias la vio, de espaldas. Él corrió a refugiarse de su mirada. En un rincón seguro fue capaz de quedarse quieto. Lo invadió el dolor del bajo esófago. Él persiguió aquel rastro entre las paredes, a la vez imbuido en altos contenidos ocres. Cuando creyó casi rozar su aliento, desistió y se dio a la fuga.


Ella pronunció. Su nombre. Un instante gigantesco. Él se dio vuelta por el costado más largo de su cuerpo y quedaron enfrentados a varios centímetros. Su lengua jugueteó entre la comisura de sus recuerdos. Él escupió varios sonidos sin sentido. Después de buscar entre los edificios de una ciudad de barro, atravesando paredes salvajes, estaba ahí, él al borde de la huida y ella sosteniendo su aliento. Ella también dijo algo que él no entendió. De repente él se fijo en su rostro. Entre nubes y ondas no reconoció su forma.


Al despertar, sólo era él en aquella cama a varios kilómetros del sendero que había recorrido mientras sus párpados bailaban una tonada triste.


(2015)



domingo, 29 de marzo de 2015

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(…) además de estas características, el sujeto presenta débiles síntomas de desorden en sus procesos mentales. Tiene escasa capacidad de ordenar su pensamiento, no parece en condiciones de organizarlo o sintetizarlo (...)