A D I O S C O I T O



A veces alimento aquel mugriento cerdo que vive entre mi oreja y mi incisivo. Le doy los suspiros que me salen del bronquio más cercano a la aorta. El cerdo, cuyo espinazo está más cerca del estómago que del cuello, se regodea con la esperanza de una comida balanceada.


Esperar respuestas de una uña cortada, separada, inservible. Prefiero sentarme en la orilla más distante de mi cabeza, a jugar con mi celular (snake, por supuesto)


No quiero competir por nadie. No quiero ser condescendiente. Esbozar una cálida sonrisa, fingir interés por pequeños fragmentos insignificantes de cotidianidad de seres vacios, pero atractivos en pixeles.


El pensamiento egoísta de un caracol enojado, se asemeja más a mi estado frígido de un ente cansado entre muchos entes con las necesidades y las disposiciones a flor de piel.


¡Hola!, ¡qué interesante! ¿Y entonces cuándo puedes? Palabras pronunciadas por un zombie meloso. La necesidad de contacto humano la suplo con 3 minutos de un Wi-Fi veloz.


El cortejo interrumpe mis actividades mentales. No quiero hacer parte del mercado amoroso, pues soy un descuento, en oferta y magullado. Malditos selfies, arruinaron internet, y también mis nervios.


Parece que el agua sigue inundando mi chaleco salvavidas. Definitivamente el mío es de icopor barato, y fue usado por miles de bañistas, con la espalda seca y la licra aún mojada.



(2012)

sábado, 8 de noviembre de 2014

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(…) además de estas características, el sujeto presenta débiles síntomas de desorden en sus procesos mentales. Tiene escasa capacidad de ordenar su pensamiento, no parece en condiciones de organizarlo o sintetizarlo (...)