A veces alimento aquel mugriento cerdo que vive entre mi oreja y mi incisivo. Le doy los suspiros que me salen del bronquio más cercano a la aorta. El cerdo, cuyo espinazo está más cerca del estómago que del cuello, se regodea con la esperanza de una comida balanceada.
Esperar respuestas de una uña
cortada, separada, inservible. Prefiero sentarme en la orilla más distante de
mi cabeza, a jugar con mi celular (snake, por supuesto)
No quiero competir por nadie. No
quiero ser condescendiente. Esbozar una cálida sonrisa, fingir interés por
pequeños fragmentos insignificantes de cotidianidad de seres vacios, pero
atractivos en pixeles.
El pensamiento egoísta de un
caracol enojado, se asemeja más a mi estado frígido de un ente cansado entre
muchos entes con las necesidades y las disposiciones a flor de piel.
¡Hola!, ¡qué interesante! ¿Y
entonces cuándo puedes? Palabras pronunciadas por un zombie meloso. La
necesidad de contacto humano la suplo con 3 minutos de un Wi-Fi veloz.
El cortejo interrumpe mis
actividades mentales. No quiero hacer parte del mercado amoroso, pues soy un
descuento, en oferta y magullado. Malditos selfies, arruinaron internet, y
también mis nervios.
Parece que el agua sigue inundando
mi chaleco salvavidas. Definitivamente el mío es de icopor barato, y fue usado
por miles de bañistas, con la espalda seca y la licra aún mojada.
(2012)

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