Al colocar la punta del bolígrafo, comienzan a surgir todas
las basuras (en plural) que no expulso por la boca. Como mi lúgubre,
accidentada y decepcionante cita (todo en orden descendente) con «nudillos tatuados».
Estar con ella revalidó mi teoría personal sobre el creciente desdén humano que
sufro hace algunos años. Me arrepiento de pagar las excesivas cuentas de bar.
Cervezas híper-cotizadas que perfectamente puedo reemplazar por una caja de
vino, la banca de un parque y mis lúcidos pero nostálgicos pensamientos.
La velada fue un monólogo de principio a fin, con pinceladas
de desahogo por mi parte. Estoy diciendo todo lo que se me viene a la cabeza últimamente,
y cortejar o agradar salieron de mi léxico por ahora (c’est fini) Hablar de
nimiedades como la zorra que le hace la vida imposible en el trabajo, o el
primer amor policía que vuelve por un bocado rancio, son los peores temas para
escribir en un cuaderno.
Y pagué taxi, y caminé hasta donde ella quiso. Tal vez
esperaba mucho de aquella circunstancia que consentimos llamar cita. Horas
desperdiciadas en una cabeza aplanada por deseos de acumular dinero y besos (no
polvos, porque ella anhela al príncipe azul) Eventos que la llevaran a conocer
a un tipo con moto, cuyos deseos de expandir su descendencia desabrochan con ahínco
la bragueta de su pantalón.
No. No quiero volverla a ver. Sería un despropósito reunirme
con ella y efectuar todos esos procedimientos sociales. Llevar a cabo toda esa
amabilidad que aún me queda. Y tengo mucha. Y su voz nasal tiene un ritmo
narcoléptico.
Mientras tenía mi espalda recostada sobre la reja, cuando la
noche pasaba minuto a minuto y yo asumía esa actitud relajada de un
pretendiente postizo, no podía ocultar mi creciente indisposición, mirando a
las personas meditar sobre mi vida, recostados sobre un vidrio empañado por la
grasa de sus cabezas. Asumía todos esos pensamientos repasando uno a uno los
detalles planeados, tratando de no arrugar la tarjeta de felicitación. Escuchaba
la banda sonora de mi silencio y respiraba, al fin y al cabo… Justo en ese
espacio vacío recordé a Sandra, la única con el tiempo y la desdicha merecedora
de tener su nombre escrito en esta libreta. Y le deseé suerte, y me arrepentí
de todas las estolideces por las que le hice pasar, y le auguraba las mejores
cosas; cosas que un fracasado emocional le puede desear. Y le dedicaba sólo
buenas recomendaciones.
Y tal vez pienso que todo esto es un espejo. Que Sandra es
mi talismán, mi alter ego, y todo lo que yo le deseé me lo estoy deseando a mí
mismo. Porque en el fondo y más arriba estoy desesperado, y lo único que puedo
hacer es salir con estúpidas con los «nudillos tatuados». Desearía que aunque
sea ella tuviera la culpa de todo, con eso este cuaderno estaría más lleno, y
la punta de mi bolígrafo se calentaría con las alegrías de una Sandra feliz.
(2013)

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