Entras y rompes todo.
La pureza del caos delimita la perfección de los sentidos.
Lo destruyes porque sabes que no está bien.
No puedes sentir algo que corre en dirección contraria a tus
ojos.
Lo agarras con tus manos y rasgas cada partícula, cada
fragmento se une a tu cuerpo, y sudas de alegría.
El abrazo con la nada.
La caída infinita de aquello que nunca posees.
Solo el acto visceral te controla.
Ese punctum se dilata, viaja más allá de tus sentidos, ya no
es parte tuya.
Ahora eres uno con el mundo. Por fin. Por siempre.
Estalla con los miles de átomos que se asoman a tu
alrededor, y por primera vez eres humano.
Porque nunca lo serás mientras no odies lo que amas.
Golpea en la oscuridad. Golpea lo que sientas.
Todo es tuyo, como el agua, como los poros abiertos de tus
venas marchitas.
El odio hace inteligentes a las personas.
Los zapatos se gastaron de tanto correr, pero tus heridas te
dicen anda.
El vacío es luz.
El instante eres tú, es tu cuerpo, son las lágrimas que te
salen por la boca.
De repente estás ahí, listo para todo.
Pero olvidaste como escribir.
El mundo no eres tú. Estás más allá, atrofiado pero consiente.
La otredad nunca te quiso.
Fuego que brilla en las uñas.
Tierra en los ojos.
Magnífico instante.
Quémate aquí mismo.
Hierve en las nubes.
Y vas y lo haces.
Y la moral es mi llavero extraviado.
El equilibrio burgués se sostiene bajo la falda de los días.
Ya no hablas, ya no sueñas.
Solo destruyes.
Pero creas.
Tu lobo te susurra las manos.
Y sigues porque no conoces otro sitio.
No llegaste nunca y no te irás jamás.
(2015)


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