Tenía tan claro todo su cuerpo
que recuerdo incluso que cordón le pertenecía a qué zapato.
A veces recorría su vestido
visualmente. Piernas enfundadas en medias de licra le producían a mis falanges
la sensación de tocar la arena.
Sus rodillas eran como las de todas
las damas; solo que más secretas. El filo de su vestido rosaba la articulación.
Las flores silvestres, estampadas
en la tela de su vestido me traían recuerdos recientes. Siempre de fondo
oscuro, contrastadas con colores pasteles. Ocaso sentado en la hierba, pensando
en mi futuro.
Generalmente acompañaba su
vestido con un listón que dividía su zona imaginaria de su parte real. Su
escote era de 12 años.
Sobre la iluminada piel,
resaltaban las pequeñas manchas que ella me recordaba frecuentemente, pero que
yo nunca notaba: Constelación de lunares.
Cuando sonreía, mostraba esos
dientes grandes, los mismos que acompañan a mi desencajada y post-ortodoncista
sonrisa; a ella por supuesto le quedaban mejor.
Era fingida, o por lo menos me
parecía a mí su sonrisa. Tal vez exagero. Eran de aquellas sonrisas liminales,
que van de la ironía a la alegría en una comisura.
Siempre me pregunté cómo se vería
con el pelo largo. ¿Cómo era antes de conocerla? ¿Qué comía a los 5 años?
Su piel tenía esa blancura de la
gente que se deprime con facilidad. Nunca imaginé aquella epidermis más allá de
su blusa. Supongo que era como el papel crepé.
Lo más atípico de su figura, eran
aquellas invasivas y peculiares expansiones calibre 18. Aquellos grandes
orificios dejaban pasar todo su aroma circundante. Siempre quise poner mi
meñique allí.
Nadar a media profundidad, bajo el
agua que refracta la luz del ocaso naranja, y cuyo movimiento hipnótico se
curva entre chasquidos sordos del exterior. Así era el color de sus ojos.
No entiendo aquella complicidad
malsana de las mujeres con los gatos. En especial las delgadas. Me hablaba
montones de aquel felino siniestro. Creo que combinaba con su tono natural de
pelo, además, con su alma.
La banalidad de su nombre me era
algo cruel. Me imaginaba millones de certificados, legajados en miles de
carpetas, guardados en cientos de cajones solo con ese nombre. Su sincopada
sonoridad no concordaba con aquella figura inmaculada.
Estoy seguro de que su tono era
LA menor. Aquel acorde nostálgico que las seis cuerdas emiten tan bien. Soñaba
con que el susurro de su laringe, entrara por mi oído izquierdo y se quedara
alojado en el espacio que había dejado mi cordal.
(2014)

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