He de decir que con el tiempo (sobre todo en los días en que
la veía) comenzó a poderme una lentitud en los propósitos (que eran simples,
como decir pararme y caminar o subirme a un bus o saludar a un desconocido), una pesadez que a
larga me gustaba. Yo caminaba era mirando a la altura de los postes (desde que
la conocí perdí la costumbre de mirar al suelo), fabricándoles en torno una
bruma de burbujas que también me acariciaba la frente y me sumía en un letargo
rico. Se les ha dormido alguna pierna, ¿un pie? Yo sentía lo mismo en la
cabeza. La cabeza vuelta una bolota de miel de purga, entonces no podía evitar,
hermano, una sonrisa. Y la gente me veía caminar así, mirando a las montañas, y
a cual más pensaba «tiene la paz adentro». Ya porai a las 6 de la tarde, ebrio
y bruto de amor en vano, me entregaba a la pérdida del equilibrio.
Angelitos empantanados
(fragmento)
Andrés Caicedo

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